General Motors, o la historia que nunca se pensó que podría ocurrir

Tal como se venía especulando desde hace ya un tiempo, y a pesar de que mucha gente consideraba imposible que esto sucediese, el grupo automovilístico estadounidense General Motors presentó ante un Tribunal de Nueva York, en los Estados Unidos, la solicitud para poder acogerse a la ley de quiebras que está en vigencia en ese país.

No es esta la primera gran víctima que se cobró la crisis económica global que está azotando al mundo, pero verdaderamente la envergadura de la compañía, todo un símbolo del poderío económico de los americanos, causó escalofríos en la opinión pública.

La compañía tiene un pasivo de más de 122.000 millones de euros al cambio actual y al 31 de marzo de este año, lo que teniendo en cuenta sus activos a la fecha, genera un déficit patrimonial de casi 64.500 millones de euros.

Fueron casi un semestre de contactos, idas y vueltas entre la empresa de Detroit y Washington, pero aún así GM no pudo hacer nada sino declararse en cesación de pagos para sobrevivir en un mercado que la tuvo como principal protagonista durante más de 75 años.

Los coches salidos de su fábrica, orgullo de los estadounidenses durante décadas, sucumbieron ante la crisis global en parte por su elevado consumo de combustible y por no poder adaptarse a las nuevas y muy distintas reglas de mercado actuales, diametralmente opuestas a las que existían en los tiempos de esplendor de la compañía.

La quiebra de GM asesta el golpe final al “sueño americano” de los años 50, donde la clase media se convirtió en la principal protagonista de una historia de prosperidad, bonanza y esperanza.

Ya en el 2.007 GM le había cedido el liderazgo mundial del mercado de ventas de automóviles a Toyota, lo que nunca pudo ser digerido del todo por el norteamericano medio, con su orgullo herido a manos de los japoneses.

La bancarrota de GM, la cuarta en importancia en toda la historia de los Estados Unidos, y la más importante en el sector industrial de manufacturas, hará que sus activos de calidad pasen a una empresa que tendrá al Estado como principal accionista, con más del 70% de las acciones, junto a los sindicatos y acreedores, que recibirán a cambio de sus acreencias entre un 15 y un 25% de la nueva compañía.

Parece ser que la administración de Barack Obama se está convirtiendo en una experta en esta nueva cuestión de “salvar gigantes de la muerte”.

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