A pesar de Obama, la gente se resiste a creer que lo peor ya pasó

Barack Obama, el presidente de los Estados Unidos, parece estar constantemente en campaña para convencer a la ciudadanía de su país de que lo peor de la crisis económica global que su propia nación originó ya fue superado.

Su constante mensaje de esperanza no logra hacer pie en la sociedad estadounidense. Como reza el dicho que se escucha tan a menudo en Wall Street, “le empiezan a sudar las manos”.

Es que la población sigue sintiendo en carne propia que la vida de todos los días continua en recesión, y más allá de las perspectivas optimistas a futuro que las autoridades económicas no se cansan de pregonar, el bolsillo de la gente sigue sintiendo los embates de la crisis.

El norteamericano medio no quiere saber nada de grandes promesas a futuro, ni de óptimas perspectivas de mejoría con el correr de los meses.

Va a lo básico, piensa en conservar su empleo, su casa, y actúa en consecuencia, sin hacer demasiado caso a dulces cantos de sirena desde un futuro todavía muy incierto.

Hace ya varios meses que tanto el presidente como el titular de la Reserva Federal, Ben Bernanke, aseguraron a los inversores y al pueblo en general que la recuperación para mediados de este año era una cosa segura. Esta recuperación todavía se está esperando.
Con el segundo semestre del 2.009 ya bien en marcha, la puesta en marcha del país aún está en veremos.

El conocido y muy respetado economista estadounidense Nouriel Roubini predijo en su momento que la situación de recesión en los Estados Unidos duraría no menos de 24 meses. Tanto Obama como su equipo de asesores económicos le salieron al cruce asegurando que estaba exagerando de una manera “escandalosa”.

Ahora la duda de todos es si las predicciones de Roubini no se habrán quedado cortas.

Bernanke dice a quien quiera escucharlo que la recesión está perdiendo fuerza, pero al mismo tiempo asegura que la recuperación todavía no tomó el impulso suficiente como para sacar al país del estancamiento en que se encuentra inmerso.

Lo cierto es que desde hace ya varias semanas, en la Casa Blanca la frase “brotes verdes” está tácitamente prohibida, y la situación se está pareciendo cada vez más a los cuentos de hadas donde todo el mundo sabe que la historia es probable que tenga un final feliz, pero nadie se atreve a decir cuándo ocurrirá el milagro y la por ahora gran calabaza volverá a transformarse en una reluciente carroza.

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