El Banco de Valencia fue a la ruina por su apuesta temeraria por el ladrillo y el suelo

Un profesional del sector asegura que hacia el año 2.006 en la Comunidad Valenciana “la vivienda no se vendía, sino que se despachaba”. Y este comentario es un claro ejemplo de lo exultante que estaban por aquel entonces todas las vertientes que tuvieran que ver con el negocio de la construcción residencial.

Las nuevas viviendas a lo largo del litoral mediterráneo se vendían en el mercado apenas sobre los planos, sin siquiera esperar los cimientos. Y la necesidad de mano de obra, generalmente inmigrante, también requería de nuevas viviendas más modestas para vivir.

El Banco de Valencia operaba en un territorio que había sido bendecido por la promoción inmobiliaria. Bancaja tomó el control de casi el 40% del Banco y se transformó en el colchón que necesitaba un Banco conservador como el de Valencia para dar el gran salto que el momento requería.

José Luis Olivas tomó la presidencia del Banco en un momento inmejorable, en enero del 2.004. Y poco después presentaba un resultado en donde el volumen del negocio superaba por vez primera los 12.000 millones de euros.

Para los accionistas la rentabilidad no paraba de crecer. En el 2.004 fue del 65%, y los directivos del Banco anunciaban nuevos planes de expansión con oficinas en toda España.

Incluso las leyes valencianas permitían el uso del suelo sin ser dueño del mismo y la rentabilidad de la construcción no encontraba equivalente en ninguna otra actividad.

Todo siguió sobre ruedas marchando cada vez mejor, con inversiones crediticias por parte del Banco que crecían a un ritmo del 30% anual, hasta que en el año 2.007 ya comenzaron a detectarse algunos síntomas de alarma, al punto que Olivas calificó a ese año como “especial”.

2.007 cerró para el Banco con beneficios del 20%, pero se notaba que algo no estaba bien, que iba a suceder algo inconveniente. Hasta que la burbuja inmobiliaria se infló tanto que terminó por estallar.

El primer golpe duro y público por su dimensión fue cuando Polaris, una inmobiliaria con grandes proyectos en Murcia, colocó entre sus acreedores propiedades por un valor de casi 1.000 millones de euros.

Bancaja y el Banco de Valencia y Murcia fueron las instituciones más afectadas.

A partir de ese momento los quebrantos se multiplicaron exponencialmente y el Banco de Valencia acumuló entre sus activos promociones incompletas y una cantidad de suelo cuyo valor está hoy puesto en duda por el Banco de España.

Finalmente la inyección de 1.000 millones de euros por parte del FROB para mantener a flote a la entidad valenciana obligó a Olivas a renunciar recientemente a la vicepresidencia del Banco Financiero y de Ahorros y a la vicepresidencia de Bankia.

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